¡qué Te pensás!

Papier brut
Gofrado en papel reciclado hecho a mano.
2014

Presente

El viaje era largo. Pero era de día, traía el sol en la espalda y acababa de cambiar la música de los chicos por algo para mí. Se habían peleado todo lo que los cinturones de seguridad les habían permitido, habían jugado al veo veo, a las adivinanzas y después de haber comido mil caramelos se habían quedado dormidos. Les escuchaba las respiraciones pesadas y a cada rato los pispeaba por el espejo retrovisor. Me sentía, por fin, dueña del momento. Belinda se había deslizado hasta que se me escapó del campo visual. Me la imaginaba babeando el tapizado y me daba gracia esa capacidad de entregarse al sueño. Aceleré, me le adelanté con facilidad a una camioneta oxidada con patente vieja. Tomé una curva y una bandada de vaya a saber qué pájaro salió espantada. En otro golpe de vista pesqué una imagen de Jonás con la boca abierta, la ventanita de su sonrisa de leche en pleno recambio estaba en primer plano.
El resto fue de improviso. Un vehículo que iba por la mano contraria de pronto mordió la línea divisoria de los carriles, se pasó de nuestro lado, se nos vino encima. Un montón de acciones en cámara lenta se agolparon en un instante. Toqué bocina, grité, apreté los dientes, pegué un volantazo y creo que clavé los frenos, es imborrable el ruido y el olor de las ruedas chillando contra el pavimento. Evité que el golpe fuera de frente y de lleno, pero igual chocamos. El auto giraba para todos lados. Era imposible controlar las sacudidas, en vano agarraba tan fuerte el volante. No pude ver mi vida entera en un segundo, como dicen otros que les pasa. Yo pensaba en el asiento de atrás. Sólo teníamos ese maldito presente: estábamos presos ahí. Habría querido saltar a protegerlos, metérmelos de nuevo en el cuerpo para hacerles de escudo, pero ni siquiera los escuchaba llorar mientras íbamos en un trompo que alternaba adelante, atrás, piso, techo, ruta, cielo y pasto.