¡qué Te pensás!

Sin título
Tinta sobre papel. 2012

Animal

El paisaje se iba volviendo oscuro cerca del criadero. El pasto seco y el cielo abierto cambiaban por olor a verdura podrida, a mierda, a sudor y a barro. Los chanchos se rascaban el lomo en los tablones del corral y gruñían haciendo una fricción a mitad de camino entre el hocico y la boca. Si los imitaba, me agarraba una cosquilla vibrante en el paladar, como cuando tenía alergia. Me llenaba los ojos con todo lo obsceno que pudiera toparme: la mugre, la gordura, las bolas exuberantes de los machos, la mueca de sonrisa permanente y las narices de todos, abiertas sin disimulo, rastreras, desaforadas, desnudas.
Un día vino un cargamento de pollitos y nosotros fuimos a recibirlos con una felicidad que se nos atragantaba. Los que podían salían corriendo un poco atontados. Atrapamos algunos y los pusimos en una caja. Papá nos retó, que los dejemos con el resto. Los hijos del peón nos hacían burla, nos daban pollitos ya muertos a ver si los queríamos de mascota. Los camiones venían a vender lo que no le habían podido vender a nadie. Verdulerías enteras de mercadería pasada, pan viejo, cosechas malogradas y los pollos también. Así como llegaban, se los iban a tirar a los chanchos.
Quedamos callados, sin ganas de jugar. Papá quiso animarnos: habían nacido diez lechones y nos daba permiso para ir a verlos. Entramos en la parte cerrada, donde el aire era tan ácido que se nos metía entre las fibras de la ropa. Pisábamos orines y excremento con botas de lluvia. La chancha estaba tirada de costado y jadeaba fuerte, ella entera era un órgano que bombeaba al galope mientras los lechones succionaban frenéticos de sus mil tetas.