¡qué Te pensás!

Crucero

Nos agarraron con ganas de decir que sí y con billetera ociosa de turistas. Algo había fallado en la traducción, pero todavía no lo sabíamos y estábamos contentos. Los motores vibraban, vibraron en vano todo el tiempo. Subimos paladeando el lujo, entregamos el poco equipaje, nos sacamos fotos con gorra de capitanes, aceptamos el canapé y la copa que nos ofrecieron en la cubierta, nos decidimos a consumir todo lo que viniera incluido, brindamos y dijimos salud en otro idioma. Aplaudimos cuando de abajo alguien rompió una botella de champagne en la popa y preferimos hacer la vista gorda a lo baqueteado que estaba el barco para andar de bautismos.
Nuestro camarote tenía terminaciones en dorado y era mullido: cortinas, empapelado, alfombra, cubrecamas, televisor empotrado y desodorante de ambientes que se disparaba automático. Parece un telo, pensé y no dije nada para no romper con la ilusión de clase alta que nos habíamos hecho. La ventana salía a un balcón ínfimo, aunque sólo para nosotros: lo pisé descalza. Cerca había un barco hundido, crocante de herrumbre.
Recorrimos las instalaciones, teníamos casino para la noche y me prometí visitar el gimnasio al menos una vez. Nos pusimos trajes de baño, tomamos tragos, sol y nos metimos a la pileta. Recién cuando empezó a oscurecer y ya estábamos mareados y hartos de comida, nos dimos cuenta de que no nos habíamos movido. Nuestras miles de lucecitas relampagueaban aún en el puerto y el barco encallado seguía ahí, era una mancha negra en el paisaje atardecido. Fuimos a la administración a protestar, pero se nos trababan las palabras en lengua madre y en lengua ajena. Nos señalaban los folletos: habíamos comprado tres días de crucero a ninguna parte. Dormimos mal y al despertar los manjares y placeres se nos volvieron rancios. Me senté en el balconcito, bamboleando las piernas entre las rejas. Cuando pasaban esos botes precarios de madera, los miraba con envidia.

Irresponsabilidad tardía
Tinta sobre papel. 2015