¡qué Te pensás!

Sin título
Xilografía. 2015-2017

Equilibrio

Para llegar de la ruta a la playa teníamos que bajar con el auto por un barranco lleno de yuyos. Esa era la parte más agreste de las vacaciones. Después todo tenía su alambrado, su kiosco, su tarifario y la naturaleza parecía quedar lejos. Alquilábamos una carpa y reencontrábamos a los vecinos de pasillo de todos los años. Los hombres jugaban al Tute Cabrero; las mujeres, al Burako. Los chicos quedábamos sueltos. Nosotras tardábamos en adaptarnos a andar sin correa. Durante días tironeábamos de mamá. A papá lo molestábamos menos, porque uno de los tipos que jugaba a las cartas con él había perdido los dedos de una mano y ahí le habían trasplantado los del pie. Tenía una sola media puesta y era nervioso: se comía las uñas, las de los deditos también. Había varios fenómenos de circo: una mujer con unas tetas desmesuradas, una vieja con cordones de várices azules, un chico de ojos zarcos. Y nosotras. Gemelas. Nos preguntaban siempre las mismas cosas y respondíamos en automático, con tanta mala suerte que muchas veces decíamos lo mismo a la vez y generábamos una carcajada.
En el recambio de quincena apareció un hombre vestido de negro. El negro al sol es traicionero, lo aprendí con él: algunas prendas viraban al azul, otras al marrón, el pelo teñido al caoba. En un teatro habría sido un gran señor, pero a la intemperie se veía como un muñeco de cera en harapos. Igual le decían maestro. Se quedaba a la sombra y nos olvidábamos de su presencia. Nosotras teníamos un nuevo pasatiempo: mi hermana había encontrado un agujero en la carpa de la familia Ingalls y podíamos espiar a esos mojigatos en bolas.
Pero cuando el sol bajaba, el maestro quería ir a la orilla. Avanzaba a los tumbos por la arena y cuando agarraba el caminito de madera se escuchaban los golpes que daba con el zapato inmenso, el que le emparejaba la pierna corta. Nos quedábamos en silencio y aunque tratábamos de no mirarlo, no podíamos sacarle los ojos de encima. Con el aliento apretado, conteníamos su equilibrio. Y él, si no se caía, sostenía el nuestro.