¡qué Te pensás!

Intrusa

Hombres y mujeres con atados inmensos de cajas de vaya a saber qué y bolsones de frutas y carbón y papas y loros coloridos en jaulas se aseguran sus lugares. Yo miro al mandamás con cara de que quiero bailar y con eso alcanza. ¿Cruza el lago?, me pregunta y me dice el precio antes de que asienta. No le regateo ni un centavo. Mejor pasar por idiota o por gringa antes que terminar abajo y tener que hacer noche en esa costa podrida. Cuenta los billetes. Si sube la ley, usted se tira, me dice y me debe adivinar el miedo, porque le sale una carcajada que termina en carraspera. Me da un numerito igual al de las rifas, eso vale como pasaje. Nadie pregunta nada, ni pide documentos, ni controla los bártulos. Me abrazo a mi mochila.
Es un pequeño buque carguero. Está a tope, pero no sé qué lleva en las bodegas. Sólo tenemos acceso a este sector cerrado y a la cubierta. Hay asientos de madera amurados al piso. Los reclinatorios lo confirman: son bancos de iglesia. Una mujer me mira con pena y me ofrece naranjas. Estoy por preguntar a cuánto, pero me las deja, nomás, de regalo. Amaso la fruta hasta que queda blanda y le hago un agujero. Succiono y me tomo el jugo y así me vengo de la infancia, cuando chupar naranjas estaba prohibido. Es de pobre, me decían, como si nosotros fuéramos ricos. Me pongo la mochila de almohada y me recuesto en el banco. La mayoría tiene que cuidar sus paquetes amontonados en la cubierta y prefiere viajar afuera, acá hay lugar de sobra.
Me estoy por quedar dormida cuando escucho un chasquido de lengua que se repite dos veces. Levanto la cabeza. ¿Es para mí? Otra vez silencio, o todo el silencio que puede haber con el rumor constante de los motores y el agua. Miro en dirección a ese clic húmedo y veo una lagartija en la pared. No hace nada, me digo, pero no puedo tranquilizarme ni sacarle los ojos de encima. Es un animal al acecho con el látigo de su lengua.

Sin título
Litografía (detalle). 2014