¡qué Te pensás!

Sin título
Dibujo vectorial. 2014

Naufragio

María nos invitaba a jugar. Su casa de dos plantas era un parque de diversiones contra nuestro departamento de tres ambientes. Su madre era menuda, manejaba encimada al volante y tenía que usar un almohadón para no quedar perdida en el asiento. Ese día salió vestida con piloto y botitas de lluvia y nos dejó con una tía un poco sorda que, por ocuparse de los más chicos, no nos llevó el apunte. Apenas la madre partió, corrimos a su habitación y desplegamos su ropa sobre la cama matrimonial. Su talle pequeño era casi el nuestro. Llenamos el busto con pares de medias, ceñimos la tela con cinturones y sus vestidos de señora nos quedaron pintados. Los zapatos fueron la gloria. Calzaría, a lo sumo, dos o tres números más que nosotras. Les pusimos algodón en la punta y desfilamos con tacos altos. Eran creíbles, parecían nuestros, no como los de mamá, que de tan grandes nos obligaban a chancletear sin elegancia. Ya nos habíamos probado toda la ropa y todas las poses adultas que se nos ocurrieron, la aventura agonizaba. Sonó un trueno y alguna lo asoció con un naufragio. De golpe fuimos mujeres corriendo por los pasillos de un barco que se hundía. Sálvese quién pueda, gritó una y yo me arrimé a la escalera. Sacudí la pollera de seda de la madre de María como si el viento me la hiciera flamear. Ocupemos los botes, arengué y me senté en el suelo. Mis amigas se sentaron y se entrelazaron conmigo y nos tiramos juntas por la escalera, como si fuera un tobogán. La madera gastada y encerada nos permitía deslizarnos a los tumbos. Invocamos el mar con vehemencia, fantaseamos que lo que nos golpeaba era el oleaje. Una hebra del suelo se encrespó y se alzó firme. Fue una ola de astilla o un arpón que se me clavó en el muslo. Llegamos a los pies de la escalera hechas un desparramo de zapatos y prendas ajenas. Yo iba a cargar con la culpa, la pollera se me había desgarrado y estaba manchada con sangre.