¡qué Te pensás!

Sin título
Tinta y acuarela sobre papel. 2013

Arqueología

Tu hija acaba de tener una hija. Hacés un viaje eterno en ascensor y abrís la puerta de la habitación con el corazón al galope. Tiene a la beba en brazos, te ve y llora. A vos se te caen las lágrimas por ambas. No es un recuerdo lo que te invade, es un sentir vivo y en presente que se despierta en tu cuerpo. La novedad de la criatura te devuelve mucho de lo que fue tuyo. Sabés los olores, la felicidad grosera y esa angustia culposa que no podrás ahorrarle a tu bebé ahora adulta. Olfatea a la cría en cada beso y le reconocés una fibra animal que le heredaste. Sos la que nace, la parturienta y la abuela, todas juntas. Las épocas se mezclan: estás viviendo un mismo día superpuesto y multiplicado. Llueve a cántaros, igual que en tu nacimiento, le decís. Será que entiende que no es sólo una comparación meteorológica y por eso te sonríe.
Te pasa algo similar cuando se llevan a tu madre al quirófano. Te saluda sin dientes, mucha suerte, mucha suerte, te desea y vos quedás confundida. Ella iba a necesitar la suerte y de golpe te imaginás sin padres y te sentís desprotegida. La agarrás de la mano y tratás de hacer una despedida liviana, claro, para darle fuerza y que no se preocupe, pero en el fondo querés suplicarle que aguante, que no se muera, que vuelva íntegra y se te escapan palabras infantiles. No te vayas, le decís y ella se ríe mientras el camillero avanza y las separa. Te la arrancan. No te vayas, te escuchás diciendo a los cuatro años, en los primeros días de escuela cuando la maestra la acompañaba afuera. Sos la misma que en aquel momento. Te olvidás de la presbicia y los propios achaques y te comés las uñas como en un patio de recreo. Ignorás tu propia vejez y te permitís ser la niña que fuiste, la que vas a ser siempre que tengas el recuerdo de haber tenido padres.